22 de noviembre de 2017
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Reportaje
LOS TAXIS AEREOS DE LA AMAZONIA
Marco Basualdo

Taxis como una ocurrencia del italiano Francisco de Tassis, que en 1504 creó la primera línea regular de coches de posta entre Holanda y Francia; como en el argot carcelario que define así a los presidiarios encargados de llevar y traer cosas y mensajes; como el gran éxito del melódico Ricardo Arjona que narra los bemoles de un hombre nocturno. O como lo conciben en tierras benianas, noreste del país, en referencia al peculiar servicio aéreo que cubre una gran demanda sobre la humedecida geografía del departamento. Cuestión de abordarlo en una esquina, sortear los charcos y deslices, para luego aterrizar en vereda segura.

Beni es “el infierno”. De clima tropical húmedo que durante la temporada de lluvia, entre diciembre y mayo, inunda más de 100.000 km² de acuerdo con la intensidad de las precipitaciones, tiene además una temperatura promedio que oscila entre los 28 y 35 °C. Se trata de un territorio de amplia planicie de sabana, con abundantes cursos de aguas, lagunas tectónicas y artificiales, y pantanos con bosques que bordean sus riberas. Así, con carreteras que se vuelven greda durante las crecidas, el traslado por tierra resulta una verdadera contingencia. Entonces, la mejor opción pasa por arriba, de la mano de al menos una decena de empresas dedicadas al rubro aeronáutico civil.

Este servicio de taxis aéreos no es un invento beniano. Nacieron en occidente en el periodo de entreguerras mundiales (1918-1939), cuando se desarrolló toda la tecnología relacionada a la aviación. Pero en este departamento amazónico forma parte de la rutina de sus habitantes, ya que del aeropuerto de Trinidad, Jorge Henrich Arauz, se realiza más de un centenar de vuelos diarios, según reportes de la Administración de Aeropuertos y Servicios Auxiliares a la Navegación Aérea (AASANA). Aero Taxi Moxos es una de las tantas empresas, solo 10 en torno a la principal pista de la capital beniana, que ofrece el servicio del viaje sobre alas todos los días de la semana.

Uno de sus pilotos es Mario Terrazas, quien ejerce la profesión desde hace tres décadas, y afirma que la idea de volar le atrae desde niño. Pilota a partir de las siete de la mañana hasta las seis de la tarde, aunque también lo ha hecho en horarios nocturnos en casos de emergencia. Estancias, haciendas, pueblos y comunidades son los principales destinos que persigue desde la cabina de navegación de su avioneta Cessna 206, de fabricación estadounidense, con capacidad para cinco pasajeros y equipaje. “Estas naves tienen autonomía de cinco horas de vuelo”, señala antes de contar algunas anécdotas vividas en sus itinerarios sobre la espesura del monte. “Este tipo de transporte nació para servir principalmente en casos de emergencia. Hace algunos meses tuvimos que atender un accidente en San Ignacio y para ello viajamos varias avionetas; la gente se traslada por tierra porque es más económico, pero no toma en cuenta los riesgos”.

Quizá el caso más emblemático de parte de la labor de los taxis aéreos benianos se remonta a 2011, cuando una flotilla de naves inició la búsqueda de Minor Vidal; la aeronave en la que viajaba (un avión de Aerocon) se había accidentado, y él fue rescatado a 10 kilómetros de Trinidad después de tres días sin comer y beber de su propia orina. Era el único sobreviviente. Sucede que las ocho provincias benianas cuentan con una escasa infraestructura vial. Recientemente, el Gobierno entregó el puente Ipurupuru, a 75 kilómetros al norte de la capital beniana, el que vincula a cinco provincias. Pero aún es insuficiente. De hecho, gente de bajos recursos todavía se traslada a bordo de canoas y lanchas para llegar a sus propiedades de casas de madera y hamacas a la intemperie que bordean los ríos.

La hora de vuelo en uno de estos cómodos monoplanos con asientos de living de cuero cuesta 3.000 bolivianos. Basta con acercarse a uno de los hangares del Jorge Henrich Arauz y solicitar uno. La familia Mendoza es usuaria permanente del servicio. Cada 15 días aborda un taxi para un ida y vuelta a Santa Rosa de Yacuma, donde sus miembros se dedican al cultivo y cosecha de yuca, maíz, plátano, arroz, además de vivir de la pesca, caza del lagarto y crianza de ganado vacuno. “El viaje es caro, pero es mucho más rápido y sin contratiempos. Si el camino no está en condiciones, uno queda varado, con el riesgo de que la mercadería se eche a perder”, señala el padre de la numerosa familia. De esta manera, los viajes aéreos se hicieron paisaje en el cielo beniano, aunque encuentran mayor frecuencia en la época de lluvias, de acuerdo con Terrazas.

Para los Mendoza, el desplazamiento es tan similar al que realiza cualquier pasajero dentro de un taxi de cuatro ruedas en las congestionadas urbes. Periódico, MP3 al oído, Iphone con juegos, charlas amenas, son el menú de los viajantes recostados en sus confortables asientos. Y al que prefiere admirar un poco de la creación, el panorama del bosque y cielo infinitos y los ríos serpenteados son un obsequio a la vista. Cada una de estas naves cuesta al menos 250.000 dólares. Y ante la pregunta del cruce con probables “narconaves”, el capitán es cauto. “Ése es un tema delicado, yo no podría ni descartar ni afirmar nada”, señala Terrazas. Lo que sí hace es informar sobre las ofertas de su empresa de taxis. Como los viajes a pedido para conocer el departamento, sin mayor límite que el que marca la provisión del combustible. Una experiencia de alto vuelo en la tupida selva amazónica.

FUENTE: La Razón
FECHA: 22 de noviembre de 2017

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